Tiempo Nublado

Octavio Paz

Capítulo 1: Vistazo al viejo mundo

(fragmento)

A pesar de la importancia de los cambios operados en los`partidos comunistas de Italia y España, su evolución ha sido incompleta. Los partidos comunistas europeos --señaladamente el de Francia-- siguen siendo grupos cerrados, a un tiempo órdenes religiosas y militares. La verdad es que, si se quiere volver a la verdadera tradición socialista, hay que satisfacer antes una doble exigencia moral y política. La primera es romper con el mito de una URSS socialista; la segunda, establecer la democracia interna en los partidos comunistas. Esto último significa revisar la tradición leninista en su raíz misma. Si los partidos comunistas quieren dejar de ser órdenes religiosas y militares para convertirse en auténticos partidos políticos, deben comenzar por practicar la democracia en casa y denunciar a los tiranos ahí donde los haya, sea en Chile o en Vietnam, en Cuba o en Irán.

Mi crítica a los partidos comunistas europeos no debe verse como una tentativa para exculpar a los otros partidos. Todos ellos están más interesados en llegar al poder o en conservarlo que en preparar el futuro. Ninguna idea de cambio los anima ni representan nada nuevo en la historia de este siglo. Su idea de movimiento es el vaivén de los bandos, el quítate tú para ponerme yo. No ignoro que los dirigentes de las democracias liberales han sido hábiles y eficaces; tampoco que han resuelto de manera civilizada muchos problemas y conflictos. Sus países cuentan con muchos recursos materiales, técnicos e intelectuales; han resistido a la vieja tentación imperial y han hecho un uso prudente de esas capacidades. Pero tampoco han sabido o querido utilizar sus riquezas y su saber técnico en beneficio de los países pobres y con escaso desarrollo económico. Esto ha sido funesto pues esos países, lo mismo en Asia y África que en América han sido y serán focos de disturbios y conflictos. Pero si no han sido generosamente previsores, los políticos de occidente tampoco han caído en la desmesura. Ninguno de ellos ha sido un déspota sanguinario y todos han procurado respetar no sólo a la mayoría sino a las minorías. Sus grandes errores y delitos han sido más bien escándalos sexuales o financieros. Han ejercido el poder --o los riesgos de la oposición-- con moderación y relativa inteligencia.

Este cuadro sería incompleto si no se agregase que su política ha sido la de la facilidad y la complacencia. Idólatras del statu quo y especialistas en la componenda y la transacción, han mostrado idéntica blandura ante el increíble egoísmo de las masas y las élites de sus países que ante las amenazas y chantajes de los extraños. Su visión de la historia es la del comercio y por esto han visto en el Islam no un mundo que despierta sino un cliente con el que hay que regatear. Su política con Rusia --pienso no sólo en los social demócratas como Brandt y Schmidt sino en los conservadores como Giscard-- ha sido y es un gigantesco autoengaño. Lo esencial ha sido salir del paso, asegurar otro año de digestión pacífica y ganar las próximas elecciones. Hay una desproporción que no sé si llamar cómica o trágica entre esta cordura municipal y las decisiones que exige el presente. Sin embargo, no sería honrado ignorar los grandes beneficios que han logrado los trabajadores y la clase media en los últimos cuarenta años. Esas ganancias se deben, sobre todo, a los sindicatos obreros y, asimismo, a la acción de los social-demócratas y los laboristas. A estas causas hay que agregar, como condición económica básica, la extraordinaria capacidad productiva de las modernas sociedades industriales y, como condición social y política no menos básica, la democracia que ha hecho posible la lucha y la negociación entre capitalistas y trabajadores y entre ambos y los gobiernos. Capacidad productiva, libertad sindical, derecho de huelga, poder para negociar: esto es lo que ha hecho viables y prósperas a las democracias de Occidente.